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La guerra ahora también es de algoritmos.

Siempre ha sido mediática, pero hoy es súper, hiperpersonalizada. Ya no se trata solamente de controlar qué vemos en televisión, qué portada ocupa un periódico o qué noticia abre un noticiero. Ahora cada persona recibe una versión distinta de la realidad, construida a partir de sus emociones, sus intereses, sus miedos y aquello que el algoritmo sabe que hará que permanezca unos segundos más frente a la pantalla.

Y con la llegada de Abelardo de la Espriella al poder en Colombia esto parece hacerse todavía más evidente. En apenas una semana, cada gesto, cada error, cada declaración y cada episodio alrededor de su gobierno se convierte inmediatamente en tendencia. Miles de cuentas replican los errores para burlarse; otras tantas aparecen para justificarlos. Unas producen indignación, otras defensa. El resultado es el mismo: todos hablamos de él, todo el tiempo.

Y ellos lo saben.

Hoy son los balones con su logo entregados en zonas de desastre. Ayer fueron los videos sobre supuestas grabaciones preparadas, las imágenes de sus gestos en un PMU y cualquier otra escena susceptible de convertirse en meme. Mañana será otra cosa. Y así podemos pasar semanas enteras discutiendo sobre el espectáculo mientras dejamos de mirar lo verdaderamente importante: las decisiones que está tomando el poder.

Porque mientras discutimos sobre las muecas, los videos y los balones, hay decisiones de Estado que merecen mucha más atención: la presencia y eventual participación de fuerzas extranjeras, los acuerdos con Estados Unidos e Israel, las condiciones bajo las cuales se permite su ingreso al territorio nacional y, sobre todo, lo que todo esto significa para la soberanía colombiana.

El problema es que la hiperinformación también puede convertirse en una forma de desinformación. No porque necesariamente todo lo que circula sea falso, sino porque hay tanta información, tan rápidamente producida y distribuida, que terminamos sin capacidad para distinguir lo importante de lo accesorio.

Aparecen titulares de supuestos medios regionales que nadie conocía hasta ayer. Circulan piezas que parecen noticias pero tienen toda la apariencia de propaganda. Se fabrican contenidos alrededor de la coyuntura y se multiplican hasta adquirir una apariencia de verdad. Y mientras tanto, todavía hay personas de carne y hueso que creen que porque algo apareció muchas veces en Facebook, TikTok o X, necesariamente ocurrió.

Por eso la crítica sigue siendo fundamental.

La lectura crítica también es una forma de resistencia.

Y en medio de una tragedia nacional, esto adquiere todavía mayor importancia. Se repite que no hay que politizar la tragedia, mientras algunos políticos aparecen apropiándose públicamente del crédito de ciudadanos que llevan días organizándose, recogiendo alimentos, transportando ayudas y sosteniendo comunidades enteras ante la ausencia o insuficiencia del Estado.

También necesitamos preguntarnos qué ocurre con las ayudas que llegan: quién las recibe, dónde se almacenan, cómo se distribuyen, quién decide hacia dónde van y por qué todavía existen comunidades, pueblos y municipios afectados que siguen esperando asistencia y presencia estatal.

Porque una tragedia no termina cuando deja de ser tendencia.

Termina cuando las personas afectadas reciben atención, cuando se reconstruye lo destruido y cuando existen responsables capaces de responder por las decisiones tomadas.

Y mientras todo esto ocurre, también resulta preocupante ver cómo se rechazan o dificultan determinadas ayudas internacionales, mientras se toman decisiones que parecen llevarnos varios pasos hacia atrás. Y, al mismo tiempo, quienes deberían estar construyendo una alternativa política parecen más preocupados por organizar su propia maquinaria partidista en medio de la tragedia.

Ahí también hay una lección.

Quizás parte de la derrota electoral de los sectores progresistas tenga que ver precisamente con esa incapacidad para leer el momento político, escuchar a la sociedad y comprender que gobernar —y también hacer oposición— exige algo más que administrar discursos, cargos o estructuras partidistas.

Estamos entrando en una época en la que la disputa política ya no ocurre solamente en las calles, en los parlamentos o en los medios de comunicación. Ocurre dentro de nuestros teléfonos, dentro de nuestras pantallas y, cada vez más, dentro de nuestras propias formas de pensar.

Los algoritmos nos mantienen conectados, indignados, entretenidos y reaccionando.

Modelan nuestros modos de existir, de relacionarnos, de consumir información y hasta de interpretar aquello que consideramos real. Lo hacen a escalas cada vez más pequeñas, más íntimas, casi moleculares.

Por eso la pregunta ya no es únicamente:

¿Quién controla los medios?

La pregunta es:

¿Quién controla los algoritmos que deciden qué vemos, qué repetimos, qué odiamos, qué defendemos y qué terminamos olvidando?

Porque mientras nosotros peleamos por el último video viral, el poder sigue tomando decisiones.

Y quizá esa sea precisamente la guerra que no quieren que miremos.

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